Hace poco escribí una entrada sobre unas conversaciones que he mantenido durante estas fiestas y que me dieron una serie de ideas que quise compartir. Hoy tengo más. En concreto, dos.
La primera fue sobre los consejos que me pidió una amiga para su hija que está haciendo 2º de bachillerato. No quería hacerlo, porque quiere hacer algún ciclo de cocina ya que le gusta mucho. Sin embargo llegaron a un acuerdo, o compromiso, para que lo terminara e hiciera el grado superior. De esa forma, tendría mejor formación, más opciones y podría hacer el superior en vez del grado medio. Bien, hasta ahí todo normal lógico, prudente y con mucho sentido común. El problema es que como no termina de querer, como cree que no va a poder y que no está, ahora mismo, muy conforme con la situación, le han quedado 5 en la primera evaluación y están todos un poco agobiados y sin saber por donde tirar. Lógicamente, aquí no hay más que tener paciencia, apoyar y animar a la hija y esperar que supere el curso. Pero lo que más me llamó la atención, en una situación muy normal en alumnos de 2º de bachillerato y en sus familias, es la sensación que le había transmitido en el centro de que no iba a poder por lo que su baja autoestima se había resentido bastante. Y es que así es muy difícil ayudar al alumnado y que las familias terminen de entender la angustía del alumnado de 2º de bachillerato.
Nos hemos olvidado de Dewey (si es que lo conocemos).
Hola: los dos casos son muy comunes hoy en día. Estoy absolutamente en contrade los deberes porque los niños están cientos de hora en el colegio y ya tienen tiempo suficiente de aprender. Hay que darle sun respiro. Entiendo perfectamente esa reflexión que los métodos de enseñanza de las escuelas matan el interés y la curiosidad de los alumnos... hay que cambiar las rutinas... seguimos en contacto
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